La cita circuló durante días en redes sociales. Un cartel digital invitaba a una “Reunión Therian” en el Jardín de la Familia, en el corazón de San Juan del Río. La convocatoria, difundida principalmente a través de TikTok, prometía un punto de encuentro para quienes se identifican con el movimiento therian, una comunidad que, aunque existe desde los años noventa en foros de internet, hoy vive una nueva ola de visibilidad.
La tarde llegó. El jardín lucía como cualquier otro dia normal: familias paseando, niños corriendo, vendedores ambulantes ofreciendo frituras y globos. No había multitudes, ni círculos organizados, ni un contingente reconocible. Solo miradas curiosas que buscaban algo distinto.

Entre el murmullo cotidiano apareció una figura que rompía la escena: máscara, cola de zorro ártico y actitud serena. No había grupo. No había asamblea. Solo una presencia. La reunión masiva que anunciaban las publicaciones virales no se materializó.
El episodio dejó una pregunta flotando en el aire: ¿estamos frente al crecimiento real de un movimiento o ante el efecto amplificador del algoritmo?

El therianismo —o therianthropy— no nació ayer. Desde la década de los noventa existen comunidades digitales donde personas comparten la experiencia de identificarse internamente con un animal real. En aquellos años, el encuentro ocurría en foros especializados y listas de correo. Era un fenómeno de nicho, discreto, casi invisible fuera de internet.
Hoy el escenario es distinto. Plataformas como TikTok han convertido expresiones antes marginales en contenido viral. Videos de jóvenes practicando “quadrobics” —desplazarse en cuatro extremidades—, mostrando máscaras artesanales o relatando su identidad animal, alcanzan miles o millones de reproducciones. La visibilidad ya no depende de encontrar un foro oculto, sino de un hashtag.
Pero la viralidad no siempre se traduce en presencia física.
Lo ocurrido en San Juan del Río parece reflejar ese contraste. La convocatoria circuló, generó conversación y expectativa, pero no logró congregar a una comunidad amplia en el espacio público. La escena fue más simbólica que multitudinaria.
También hay un elemento generacional. En una época donde las identidades se exploran con mayor apertura —de género, culturales, espirituales— el therianismo encuentra terreno fértil entre jóvenes que buscan formas de autodefinición y pertenencia. Para algunos es una vivencia profunda; para otros, una expresión estética; para muchos observadores externos, un fenómeno difícil de comprender.

A ello se suma la confusión frecuente entre subculturas digitales. No es lo mismo ser therian que formar parte del fandom furry, aunque en redes sociales las imágenes y narrativas se entremezclen. El algoritmo no distingue matices; prioriza lo que impacta visualmente.
En el Jardín de la Familia no hubo escándalo ni confrontación. Solo curiosidad. Solo una figura solitaria que, por unos minutos, capturó la atención de quienes pasaban. Aunque el discruso de en redes sociales se convirtio en un movimiento de desapruevo total y comentarios llenos de odio, que la mayoria de ellos ncacen desde el desconocimiento cultural, y una apropiacion del discurso de la derecha politica, quienes dicen: «Si no se les pone un alto, se van a identificar como lo que ellos quieran»- Aludiendo al movimiento LGTB.
Tal vez el verdadero punto de reunión no estaba en el centro de la ciudad, sino en la pantalla de un teléfono. Porque si algo dejó claro esta convocatoria es que el crecimiento del movimiento no necesariamente se mide en plazas llenas, sino en reproducciones, comentarios y comunidades digitales que existen más allá del espacio físico.
La reunión therian en San Juan del Río no fue multitudinaria. Pero sí fue un reflejo de nuestro tiempo: una era donde la identidad se construye en diálogo con la tecnología, y donde el algoritmo puede convocar más expectativa que personas. Aunque como sociedad, no tenemos que concentrar el discurso solo en el odio a la cultura, tenemos que se criticos y pensar en el pensamiento que refleja nuestros comentarios de odio.
